diumenge, 16 de setembre de 2007

Per què lluitar I

(Entrada publicada originàriament el 21 de juny de 2007 al bloc cat.bloctum.com/diferenciairepeticio)

Fa exactament trenta anys, Alain Touraine va publicar Un désir d’histoire.

Aquesta “autobiografia intel.lectual” va ser traduïda al castellà el 1978. Un d’eixos exemplars va caure a les meues mans la passada fira del llibre antic i d’ocasió. L’últim capítol de l’obra, es titul.la ¿Por qué luchar? I si vull compartir-lo amb vosaltres és perquè la seua lectura em va impactar.

Em va semblar que la majoria de coses que diu són molt encertades i, tenint en compte que Touraine no tenia el privilegi que nosaltres tenim d’analitzar els canvis socials amb una retrospectiva temporal, l’anàlisi del sociòleg francés és exquisit.

Això no vol dir, no obstant, que altres coses de les manifestades per Touraine no s’hagen reproduït tal i com ell ho va sostenir. Tanmateix, açò és el què fa interessant una anàlisi d’aquestes característiques: trobar en què va encertar i en què es va enganyar l’analista social és ja tot un exercici de reflexió, tot i que ja us avance que es va equivocar en poc…

és el què tenen els cracks…

Capítulo VIII ¿Por qué luchar?

Durante dos decenios de fuerte crecimiento la idea más extendida sobre el porvenir consistió en creer en la continuación de la expansión y en perder paulatinamente el sentido de los límites y de la lógica particular de la sociedad en que vivimos. De hecho, perdimos la imagen de nuestra sociedad en beneficio de una representación bastante vaga de las tendencias o de las orientaciones generales del cambio. Se había infiltrado la idea misma de que cuanto más avanzasen nuestras sociedades, más habrían de definirse íntegramente por su capacidad de cambio y cada vez menos por su estructura y por sus grandes conflictos o sus ideologías.

El fin de los personajes

A mediados de los 60, en un libro titulado La société post-industrielle intenté defender la opinión contraria a esta manera de ver y procurar un primer análisis de esta sociedad posindustrial. Me preguntaba ante todo por la naturaleza del poder dirigente, las relaciones de clases y los movimientos sociales que podían formarse y obrar en la nueva sociedad. Esto me sigue preocupando todavía, pero han pasado diez años y hoy nos es posible retomar estos problemas de modo más preciso, puesto que los acontecimientos económicos, culturales y sociales ya nos han ofrecido algunos elementos suplementarios de reflexión. Actualmente casi ni se discute la idea de ruptura, de cambio de sociedad, que era muy poco admitida todavía a mediados de los 60. Resultaría asombroso que no se reconociese que un crecimiento propiamente excepcional, unas alteraciones técnicas, económicas, sociales fundamentales no puedan llegar a transformar profundamente la naturaleza de la sociedad (…).

(…) han intervenido hechos sociales y, ante todo, la reaparición, en los años 60, de movimientos contestatarios. El movimiento estudiantil, en los Estados Unidos y en Japón primero, luego en Alemania, Francia e Italia, sacudió la cultura mercantil. Más allá de los movimientos sociales, el cambio de naturaleza de nuestra sociedad dejó sus huellas en el conjunto de las conductas culturales (…). Primero es la gente que no sigue el movimiento, que se niega a jugar al juego, no acepta los valores profesionales y sociales de una sociedad de trabajo: beatniks, hippies, miembros de comunidades… Estos fenómenos no pueden ser masivos pero anuncian un cambio en las ideas y en las costumbres. De modo más general, escuchamos por todas partes nuevas llamadas a la diversidad, a la diferencia y esto, evidentemente, no es separable de las transformaciones del sistema económico mundial. Lo que se conoce como el Tercer Mundo no era más que un conjunto de países colonizados; el mundo socialista sólo era una Rusia soviética que luchaba contra el subdesarrollo y se hallaba sumida en la dictadura. Sólo había un modelo único de “civilización”. Ahora bien, hoy reconocemos a la vez las limitaciones y el etnocentrismo y los crímenes de los etnocidas. Ello, no por espíritu liberal o simplemente como consecuencia de la descolonización, sino porque comenzamos a aceptar la idea de que las sociedades se desarrollan según modelos muy diversos, definidos por sus formas de intervención sobre sí mismas. Al mismo tiempo, la sociedad no puede representarse como un tren cuya locomotora sería la economía, y los vagones la sociedad y la cultura.

Nos vemos llevados, al mismo tiempo que a reconocer la pluralidad de modos de desarrollo, a comprender que no se puede definir una cultura por su conformidad a un modelo general del progreso (como si hubiese conductas modernas y conductas tradicionales). Asimismo, a nuestra sociedad, la define el hecho de que elimina todas las referencias al ser, a la esencia, a todo lo que acabaría por proyectarse en forma de principios en nuestras conductas; lo que sacude muchas nociones antiguas. Quiero considerar dos o tres de estas transformaciones concretas. La primera y más importante para el sociólogo atañe a las clases sociales. La sociedad industrial y el pensamiento marxista nos han enseñado ya a pensar en términos de relaciones de clases, más que en términos del ser de clase.

Todavía en el siglo XIX las clases eran grupos reales, es decir, poseedores de una cultura y separados de los otros por barreras institucionales. Actualmente hemos llegado al límite de una evolución. Ya no se puede hablar de clases sociales, sólo hay que hablar de relaciones de clases, y terminamos afirmando que vivimos en una sociedad de relaciones de clases, sin clases reales, quiero decir con esto: sin que las clases sean grupos reales, visibles, poseedores de un tipo propio de vida particular. Estamos muy lejos del tiempo en que éramos dirigidos y dominados por una aristocracia, por señores feudales o, incluso, por una burguesía: somos dirigidos y estamos dominados por aparatos.

Es cierto que, a veces, estos aparatos suelen crear privilegios para quienes los dirigen, constituyéndolos así en un grupo real. Pero esto se encuentra esencialmente en los países de tipo soviético y por tanto mediante el poder del estado: en ellos, los dirigentes tienen acceso a tiendas, hospitales, escuelas, alojamientos que les están reservados. No es éste el caso de los países capitalistas, donde una extremada desigualdad no implica, con todo, la creación de privilegios regulares, al menos no en un nivel muy elevado. Es evidente que quien dirige es la empresa de grandes dimensiones y no tal o cual categoría de gente, lo que no quiere decir que no haya, como lo demostró Wright Mills, fusiones entre la burguesía de otros tiempos y los nuevos dirigentes de las organizaciones, así como hubo fusiones entre la aristocracia y
la burguesía en la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII.

(…) hoy las categorías materialmente más desfavorecidas son cada vez más raramente descritas como clase obrera o como una de sus partes. Podrá nombrarse a los trabajadores inmigrados, a los ancianos o a los habitantes de una región en declive. Pero el alojamiento, el nivel de ingresos, el nivel de educación, los utensilios domésticos, todo eso no me parece que permita considerar que lo que se denomina clase obrera sea hoy aislable y reconocible. ¡Esto no quiere decir que todo el mundo vive de la misma manera! Simplemente, tenemos que estar atentos para definir hoy las relaciones de alineación, explotación o dominación en términos que designen directamente esas mismas relaciones y no a los personajes o los grupos sociales reales que las sirven.

Un segundo campo de aplicación de esta misma idea general es el de las relaciones entre los sexos. Los grupos de sexo, en tanto que grupos reales, tienden a desaparecer. Hubo, y hay todavía, una condición femenina, pero su especificidad se ha debilitado (…)

Un tercer y último ejemplo es el de la nación. Nosotros provenimos de sociedades en las que las luchas de clases y la vida política se situaban en un marco nacional ya constituido, o que construía el movimiento de las nacionalidades, lo que vuelve a hallarse en el nacionalismo que hemos visto desarrollarse con la descolonización. No se puede apartar de una historia social de la época industrial a este personaje central: la nación. Ahora bien, (…) nuestra historia, ¿no está a punto de salir de esa etapa? Hoy domina el papel de los imperios supranacionales, de las zonas de influencia e, inversamente, el de los movimientos nacionalizadores, es decir nacionalidades que no desean o no pueden ya identificarse con un estado, pero quieren entenderse como nacionalidades. A mi entender, el estado-nación ha sido desbordado por arriba y por abajo; como compensación, las relaciones interimperiales (más que internacionales) desempeñan en nuestra vida cotidiana un papel formidable (…).

(…) Esta desaparición de las clases, de los sexos, de los estados, en tanto que colectividades reales, como personajes, y este triunfo de las relaciones de clases, de las relaciones sexuales y de las relaciones interimperialistas como líneas de fuerza de nuestra experiencia colectiva debilitan los mecanismos de trasmisión y reproducción social. De ahí proviene la crisis de la educación.

No pensareu que ací s’acaba la història, veritat? Doncs, efectivament, açò no ha fet més que començar: el Touraine, en aquesta primera part del capítol, només ha assenyalat alguns canvis que s’han produït a la societat posindustrial en termes de classe, de sexe i de nació. Però és evident que allò vertaderament interessant ve després, quan parle dels nous actors i dels reptes a afrontar en els nous paisatges que dibuixen les nostres societats. Però açò ho deixarem per a demà.
Que passeu un bon dia.