dimarts, 28 d’octubre de 2008

La Universitat i la falàcia utilitarista

Aprofitant que les companyes del Sepc han organitzat les III Jornades crítiques amb la convergència europea, us deixe a continuació unes reflexions realment interessants del catedràtic de sociologia de la UB, Salvador Giner Sanjulián, entorn a la funció última de la Universitat i les doctrines anomenades utilitaristes.



LA UNIVERSIDAD Y LA FALACIA UTILITARISTA

I

La legitimación contemporánea del saber (y de su enseñanza) consiste en apelar a su utilidad palpable. Esa utilidad, en una cultura tan secularizada como la nuestra, no puede ser otra que la que "la sociedad" determine a través de sus "demandas". La "demanda social" se convierte así en un criterio fundamental para determinar la estructuración de toda la Universidad, desde los fondos y recursos que se le asignan hasta las disciplinas que se imparten en ella, pasando por la ciencia que en ella se cultiva. Todo esto plantea algunos problemas de interpretación, que intentaré desvelar un poco.

Un análisis sereno de lo que significa la expresión "sociedad" en el discurso sobre la llamada "demanda social" revela que existe unas veces como abstracción cómoda y otras como concepto esgrimido por tirios y troyanos para justificar veladamente intereses particulares. Lo que de veras existe son grupos, individuos, asociaciones, movimientos sociales, cada uno con su idea particular de lo que es "la sociedad" así como lo que a ella "le conviene" y con una idea aún más clara de lo que cada cual de ellos necesita para sí. También existe, evidentemente, una ciudadanía ante la cual los académicos tenemos ciertas obligaciones docentes, como las tienen las autoridades de la nación. ¿Cómo son esas obligaciones? ¿de qué modo debemos cumplirlas?.

Las respuestas dependen hoy, cada vez más, de la actitud que adoptemos frente a la doctrina utilitarista que hoy se ha enseñoreado de nuestra cultura. Ello nos fuerza a que, ante todo, tengamos que responder satisfactoriamente a las preguntas características de nuestro tiempo. ¿Para qué sirve la Universidad? ¿Qué utilidades produce? ¿Cuáles son las consecuencias sociales previsibles de lo que hagamos en aulas y laboratorios? ¿Qué necesidades profesionales y de empleo satisfacemos al impartir nuestras disciplinas? ¿Qué capital humano producimos? Ése, y no otro, es el universo de valores en que nos movemos. Y en el que se mueven las autoridades, -ministerios, consejerías- al establecer su política universitaria y de indagación científica y técnica.

El utilitarismo hegemónico, sin embargo, no está libre de dificultades, por lo pronto, y como es notorio no siempre es posible efectuar lo que Jeremías Bentham llamaría un "cálculo felicítico" que nos indique con mínima solvencia cuáles son las respuestas a estas inquietantes preguntas. No conozco a ningún economista capaz de calcular de qué modo podemos conseguir un "óptimo universitario de servicio" que lleve al máximo posible de bienestar colectivo. Son muy loables los esfuerzos que se realizan dentro y fuera de la Academia para evaluar los costes y beneficios de nuestras instituciones y de las políticas educativas y científicas que ponemos en práctica. A pesar de que su fiabilidad sea a veces endeble -es muy arduo constatar las repercusiones del conocimiento e imposible las del saber- vaya por delante el respeto que de veras les debemos. Hoy por hoy no tenemos otras guías para justificar reformas y mejoras.

Estos escollos técnicos no impiden reconocer que el triunfo del utilitarismo en nuestro mundo ha abarcado también la esfera de la Universidad. La ha tomado al asalto. (Exonero de toda culpa a los dignos representantes de la escuela filosófica utilitarista, bien representada en algunas de nuestras universidades: les invito sin embargo a que reflexionen sobre algunas secuelas tecnocráticas o volcadas a las meras ganancias empresariales, tal vez degradadas, que ha sufrido su respetable pero equivocado enfoque). Los responsables y beneficiarios del utilitarismo doctrinario son quienes tienen que hallar respuesta a las exigencias de los interrogantes que éste plantea. Son ellos quienes nos recuerdan que la Academia tiene que "servir a la sociedad". Según ellos, cada titulación (antes carrera), especialidad, curso, cursillo, asignatura (ahora "créditos"), departamento, debe responder ante todo a la pregunta ¿para qué sirve lo que se enseña? (o ¿qué ganamos con lo que se indaga?).

Concedamos que las respuestas son relativamente fáciles -aunque la verdadera constatación de resultados no siempre lo sea- en campos como la biología molecular, la criminología y la economía aplicada. Se hacen etéreas, cuando no incómodas, empero, cuando se trata del cultivo del sánscrito, el de la metafísica o el de la historia de las religiones. No creo que éstas "sirvan" para nada, aunque no puedo imaginar un país culto, civilizado y que rinda un tributo al saber que no sea capaz de dedicar una ínfima cantidad de su presupuesto a que un puñado de seres bastante inofensivos dediquen sus vidas a la filología oriental, a reflexionar sobre el ser y el sentido último de las cosas, o a trazar la evolución de las creencias humanas a través del tiempo. (Todas esas cosas para las que la "demanda social" no existe). En todo caso las preguntas utilitaristas vuelven a encontrar aplauso en campos como los de la publicidad comercial, el mercadeo, la ingeniería armamentista, y demás estudios de intrigante utilidad pública. Cabe, pues, como mínimo, y ante la naturaleza de estos asuntos, preguntarse cuáles son las "demandas sociales" que merecen mayor atención y cuáles menos, o hasta tal vez ninguna.

II

La ideología utilitarista, al triunfar, ha creado un clima tal que las cuestiones de libertad académica ya no se plantean como antaño, la libertad de cátedra o académica tradicional consistía en la práctica del ideal de la inmunidad de opinión y del enfoque en la enseñanza e indagación científica de cada cuál. Se suponía que la armonía del docente era necesaria para la buena salud del saber y, tal vez, e indirectamente, para la del país. La noción sigue aún vigente en los países civilizados y es aceptada como necesaria. En nuestra tierra está garantizada hasta por la misma Constitución. No obstante, la presión general hacia la justificación utilitarista de la actividad académica -sin que los criterios de utilidad estén siempre claros- es fortísima. Gozamos de libertad de cátedra, pero tenemos que justificar "la importancia de la asignatura" no ya ante el público cautivo de los muchachos de primer curso, como solíamos, sino ante un ambiente general que nos pide cuentas en términos de eficacia, competitividad y, sobre todo, "relevancia" social. El de relevancia es un neologismo que pone en entredicho gran parte de la labor universitaria, como si fuéramos culpables potenciales de enseñar cosas innecesarias. No obstante, está claro que uno no tiene que justificar su inocencia más que ante un juez y aún así sólo si es acusado con pruebas fehacientes por un fiscal.

Si de los utilitaristas dependiera no habría lugar para esa figura fundamental de toda Universidad digna de serlo, el profesor excéntrico. Es esa una figura tolerada, aceptada y hasta reverenciada en muchos lugares. Su extravagancia forma parte del buen orden cultural académico e intelectual de un país. Por desgracia, algunos intelectuales díscolos pueden ser neutralizados por el consenso felizmente gobernante con la observación (claramente utilitarista) de que siempre es bueno algo de discenso. Una pizca nada más. Sin académicos excéntricos o extravagantes no podríamos los demás congratularnos de los tolerantes, pluralistas y estupendos que somos. Con lo cual nadie responde a la verdadera cuestión pertinente, a saber, si tienen o no razón en lo que dicen, proponen o argumentan. Como universitarios tendríamos que averiguar primero si sus opiniones o teorías son ciertas o falsas, buenas o malas, originales o trilladas, al margen de su posible pronta o inmediata utilidad para la banca, la industria farmacéutica, la sanidad nacional o los fastos políticos. Tildar a quien dice algo interesante e incómodo a la vez de enfant terrible no es refutar sus argumentos. Ni tomárselos con la seriedad que tal vez merecen. Ese "estar al margen" en que se mantienen algunos de esos admirables colegas nuestros tendría que ser asumido por toda la Universidad como algo entrañablemente propio. "Estar al margen" (ser excéntrico seriamente) es en alguna medida tal esencial para la Universidad como lo es su misión de enseñar al que no sabe. Este mandamiento es, por cierto, la única razón de ser genuinamente utilitaria para todo aquel que hoy haya logrado despertar de la somnolencia dogmática utilitarista que nos embarga.

La tolerancia paternalista de la mayoría bienpensante hacia quienes opinan de un modo que disienta seria y radicalmente de los lugares comunes de la sociedad secularizada, instrumentalizada, corporativista y consumista en la que vivimos es, pues, una amenaza seria, por lo sutil, a la libertad académica. Lo importante para esta actitud es tolerar sin escucharlos a algunos de estos excéntricos al tiempo que se fomenta el utilitarismo. Éste, como digo, se define según los criterios de algo tan definido como es "la sociedad". Una sociedad que se esconde tras un velo eficaz de autoadoración. Es un velo urdido en la sacralización del poder y la creencia en un progreso genérico que nadie explica. Este último es el dogma universal y la forma suprema de la mentira cósmica de nuestro tiempo. El paternalismo hacia el aguafiestas que ose disentir consigue estigmatizarlo como un ser extravagante. Extravagante y por lo tanto inocuo y, a veces, hasta simpático, merecedor de funcionaril sueldo. Esa es la forma más detectable de destrucción amable de la libertad académica, ahogada por una dulce y zonza tolerancia. Es el totalitarismo difuso, con faz entre humana y progresista de nuestra democracia sumida, cada vez más, en su paraíso mediático.

III

Espero que esta brevísima incursión por la cuestión de la libertad académica no haya sido vista como una distracción. Que se haya entendido cuán pertinente es la cuestión para una concepción seria de la Universidad como institución capaz de responder a las exigencias morales, culturales y científicas que son su razón de ser.

Si estas últimas se entienden de un modo exigente estaremos en condiciones para poner nuestra Universidad al servicio de las demandas sociales de un modo fructífero. En efecto, las llamadas demandas sociales poseen un conjunto de características que deben hallar una respuesta siempre serena por parte de las Universidades: son proteicas, a corto plazo, responden a intereses particulares y a veces perentorios, están sujetas a modas, responden a intereses clasistas o de grupos de interés. Claro está que no siempre es así: la aparición de un virus o una epidemia exige respuestas médicas y farmacológicas que sólo los investigadores pueden satisfacer; el surgimiento de nuevas formas de tráfico producen necesidades de regulación legislativa y nuevos ámbitos de actividad a los que debe responder los juristas; y así sucesivamente. Pero no hay duda de que hay toda una esfera de "demandas sociales" -a veces rápidamente cubiertas por instituciones privadas de mayor o menor pretensión académica- que están necesitadas de una cierta reflexión por nuestra parte antes de embarcarnos a invertir recursos y esfuerzos en satisfacerlas. La prudencia es a veces la mejor respuesta ante una "demanda social".

Pero hay algo que va mucho más allá de lo que puede obedecer a las exigencias de algún grupo de interés particular, deseoso en algunos casos de hacer de la Universidad un buen negocio. Se trata de la naturaleza misma del conocimiento en el mundo de hoy. La mudanza social intensa, combinada con la fuerza corriente de innovaciones técnicas y científicas desaconseja claramente la respuesta apresurada a las "necesidades" que cada día se nos van presentando. Hay que responder con parsimonia y cautela, aunque naturalmente, se imponga la agilidad en ciertos casos: no podemos permitirnos el lujo de informatizarnos o abrazar la telemática con retraso, ni tampoco el de no entrar de lleno en la internacionalización de la investigación científica. Pero tenemos que prever también a largo plazo: así, es de lamentar que la apertura de los mercados orientales haya encontrado a la Universidad española sin estudios adecuados de sinología o escuelas de eslavólogos. Celebramos siempre a un hispanista inglés, alemán o francés, pero carecemos de anglicistas, galicistas y germanistas. Ni siquiera sabemos ser buenos utilitaristas. Serlo entraña previsión a largo plazo, visión.

A lo que me refiero es sobre todo al peligro de comprometer nuestros recursos con estrategias docentes y científicas que no nos permitan, más tarde, actuar con la debida agilidad. Además, la multiplicación de ciertas disciplinas o "areas de conocimientos" o la separación perniciosa entre algunas de tales "áreas" puede conducirnos a anquilosamientos nocivos. Nuestra mejor manera de responder a una "demanda social" variada, cambiante, a menudo imprevisible, es consolidar áreas centrales y generales de conocimiento en cada una de nuestras Facultades, que preparen al profesional para una readaptación constante (un reciclaje, como suele decirse) ante un mundo en permanente mudanza. La reducción en el número de asignaturas es un paso importante para abrir las mentes de nuestros estudiantes a su readaptación permanente futura. Para responder a la incertidumbre endémica del mundo de hoy, paradójicamente, la Universidad debe suministrar saberes sobrios, polivalentes, que permitan la especialización posterior de cada cual. Es evidente que la actual proliferación de cursos de postgrado, maestrías y doctorados es una buena senda, porque permite responder a la "demanda social" utilitariamente, a la vez que la carrera que precede a todos estos ejercicios de especialización constituye la base general cuya calidad debemos ir siempre mejorando.

He aquí pues una situación paradójica: para responder adecuadamente a las exigencias a corto plazo de la ciudadanía a la que se debe la Universidad, ésta tiene que pensar sus estrategias y su misión en términos de largo plazo por lo que se refiere a la formación de los profesionales que en ella se educan. Y tiene que pensar, contra todo utilitarismo vulgar, en términos de servicio y fomento de una cultura, cuyos frutos han de ser necesariamente intangibles. La presencia de la razón y de la vida buena en una sociedad no dependen ciertamente sólo de la Universidad. Pero son, hoy, inconcebibles sin ella. Son inconcebibles, esto es, sin una Universidad que no abdique de la tarea de ser, ante todo, y más allá de toda demanda social, la casa del saber, la morada de la libertad.